Lost in Translation III – Beppu


Miércoles 8 de agosto

Después de remolonear un poco, vamos a desayunar al Mister Donuts de la estación de JR, ya que a Luis le encantan los donuts. Al salir, nos acercamos a la oficina de información turística, a comprar un pase de autobús de todo un día y ale, a la estación de autobuses. Cogemos el nº 5, uno de los que nos han recomendado para llegar a una de las atracciones turísticas más importantes de Beppu: los ‘jigoku’ o infiernos en español, maravillas geotérmicas creadas por las fuentes de aguas termales naturales que se encuentran en la zona.

Compramos un pase para verlos todos y ale, empezamos por uno de lo mejores, el Umi Jigoku (infierno marino). Entramos y la naturaleza nos sorprende, pues las montañas que nos rodean están repletas de árboles muy verdes y frondosos, es una maravilla. El olor es raro, no sabemos cómo describirlo, pero desde luego no huele “bien”, sino más bien a huevos podridos. No sabemos muy bien por qué es pero al acercarnos más a la zona central del jigoku lo descubrimos: un estanque de vaporosa agua azulada. Como las temperaturas del agua rozan los 100º, tienen ahí un cazo donde hervir huevos, jajajajjaa… ¡qué bueno! Aquí lo tenéis:

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En la parte alta de la montaña también hay un estanque de fango de color rojizo, que echa una peste considerable, ¡qué asco! Y cerca, eso sí, hay un “onsen de pies”, es decir, un espacio reservado con agua termal natural que sirve para remojarse los pies y relajarse. Y para allá que vamos, ¡fuera zapatos! Ay, qué relajación para nuestros pies…

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A continuación vamos al Oniishibozu Jigoku (infierno de los monjes), que presenta una gran variedad de estanques con agua fangosa de color blanquecino que al hervir da forma a unas burbujas que recuerdan las cabezas rapadas de los monjes (o eso dicen los japoneses, ^_^). La verdad es que es muy divertido ver cómo se forman las burbujas y explotan en el aire. Aunque por si acaso, nos ponemos a cierta distancia, que no queremos acabar llenos de barro hirviendo :D Las burbujas son muy graciosas, eso sí:

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Seguidamente vamos al Yama Jigoku (infierno de la montaña), que es básicamente “vapor”, pues el vapor se cuela por cualquier piedra y cualquier pequeño estanque de agua que hay en la zona. Mirad, mirad:

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Tienen unos cuantos animales (a modo de zoo) aunque bastante hacinados, lo que sinceramente no nos gusta nada… ¡pobres bichos! Nos apenamos especialmente de este pobre hipopótamo que casi no tenía espacio:

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Después llegamos al Kamado Jigoku (infierno del horno), que es el más hortera de todos. En la entrada, hay una figura bastante cutre y hortera de un diablo enorme que hace de cocinero, pues los estanques de este infierno se utilizan para cocer huevos, cocinar flanes y cosas parecidas… ¡y la gente ahí comiendo huevos duros de un color negruzco asqueroso! La verdad, nos daba un poco de asco, jejejeje. Y para que veáis que no somos unos exagerados, aquí tenéis una foto de la entrada:

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Y aquí una de Lau, intentando (y sí, decimos bien ‘intentando’) beber agua del infierno, aunque… ¡estaba asqueroooooosaaaaaaaa!

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Y aquí tenéis el estanque principal del Kamado, con los huevos cociéndose…

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Además del bonito estanque de aguas cremosas, el Kamado Jigoku tiene un área un poco más desagradable, con estanques de barro que se tiran eructos, jajajajajajaa… ¡qué sonidos más raros hacían las burbujas de barro al estallar!

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Seguimos con el Oni-yama Jigoku (infierno del diablo de la montaña), que básicamente es un criadero de cocodrilos. Dicen que el ambiente y las aguas termales son perfectos para criar cocodrilos, y no lo dudamos, pero no sé, tenerlos ahí en jaulas, pobrecitos, daban bastante pena, sobre todo porque también están bastante hacinados. Aquí tenéis el estanque principal, sin cocodrilos:

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Vamos al Shiraike Jigoku (infierno del estanque blanco), que es realmente precioso: un estanque de agua lechosa de color azulado. Muy bonito de verdad. Ahí nos sentamos un rato a descansar y acabamos charlando con una familia japonesa al completo… y el niño pequeño, que tendrá unos tres añitos, practica inglés con nosotros diciéndonos un dulce «thank you» cuando Luis recoge algo que se le ha caído al suelo… ¡qué mono! El shiraike, uno de los jugokus más bonitos:

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Para ver los dos últimos infiernos, tenemos que coger el autobús nº 16, así que vamos a la estación de la zona y cogemos el bus. En pocos minutos llegamos al Chi-no-ike Jigoku (infierno del estanque de sangre), que como su nombre indica tiene un gran estanque de agua de color rojo… muy bonito, la verdad, aunque desprende el mismo mal olor que todos los demás, ^_^. Eso sí, también hay «onsen de pies», y rauda y veloz, Laura se descalza para darles un descanso a sus cansados pies. Aquí tenéis el estanque principal, ciertamente de color sangre:

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Finalmente vemos el Tatsumaki Jigoku (infierno de la tormenta marina), que no es más que un geiser. Para verlo, tenemos que esperar unos diez minutos, pero finalmente el agua aparece, ¡qué barbaridad!

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Al final, se nos ha hecho bastante tarde, así que cogemos el nº 16 de vuelta al centro de Beppu y buscamos un sitio donde comer. Es tarde y parece que en esta ciudad la gente no come fuera, porque hay un montón de sitios cerrados. De camino, sin embargo, encontramos un farmacia regentada por una abuelilla japonesa muy entrañable, ^_^, y le pedimos a ver si nos puede dar algo para aliviar la piel: es que, con tanto sol y tanto calor, nos hemos achicharrado un poco. La mujer piensa y piensa, porque claro, en este país donde está de moda estar «blanco» (y las mujeres, sobre todo, se protegen en verano con guantes y gorros y de todo), pero al final encuentra una loción de aloe y hojas de melocotón, nos dice, que va muy bien. Nos la deja probar y cuando le decimos que nos la quedamos (porque es muy refrescante y se nota que va bien), nos dice que aprovechemos y nos pongamos más del tarro de muestra… ¡qué mona! Y mira que al verla, desde fuera, a Laura le daba un poco de miedo entrar, por aquello de que no sabía si se entenderían, pero al final, no ha habido ningún problema (apunte de Lau: creo que Luis se ha quedado todo sorprendido otra vez, ^_^).

Al salir, seguimos buscando restaurantes, pero ¡está todo cerrado! Al final, acabamos en la planta siete de unos grandes almacenes, dedicada a restaurantes, y entramos en uno especializado en omuraisu (tortillas rellenas de arroz). Pedimos el setto, que lleva una bebida, una sopa fría y una ensalada que Laura ni prueba, porque el aliño parece ‘baba de caracol’ (sus palabras), jejejejejee. Luis se pide bifu-katsu omuraisu y Laura chikin-katsu omuraisu. Comemos bien y como estamos cerca del ryokan, volvemos a la habitación a descansar… ¡y allí está nuestro neceser! Ha llegado, por fin, con tres días de retraso, aunque no nos podemos quejar, porque encontramos dentro dos vales de descuento de (¡ATENCIÓN!) ni más ni menos de 25€… uau, ¡qué ahorro!

Aprovechando que estamos en el hotel, enviamos por poco más de mil yenes la maleta grande a Kagoshima, ¡qué bien! Así no tenemos que estar carreteándola de aquí para allá, es muy práctico este servicio.

Descansamos un rato, mientras bajamos las fotos que hemos hecho y estas cosas. Al rato, salimos hacia la estación con la intención de coger el Ropeway. Entre unas cosas y otras son casi las 18h, pero en un principio no le damos importancia. Error. Cuando llevamos un ratito esperando tranquilamente el autobús sentados en un banco de la estación, decidimos ir a ver los horarios, por si acaso… y, como ya habréis adivinado, ya no hay autobuses «a estas horas», jejejejee. Desde luego, esta ciudad es un pueblecito, eh…

Es demasiado pronto para cenar y no sabemos muy bien qué hacer, así que empezamos a callejear un poco, paseando por los rincones más escondidos de la ciudad, hasta que nos encontramos con un Starbucks. Entramos y nos tomamos ambos un matcha frappuccino (frappuccino de té verde) y llamamos a nuestros papis, para contarles nuestras aventuras.

Al rato, decidimos ir a pasear por la playa, pero esto es Japón y en ciertas zonas, la playa brilla por su ausencia. Eso sí, hay oficinas, restaurantes, salas de juegos, etc… en fin, paseamos por la zona hasta que nos encontramos un restaurante tabehodai (buffet libre) de yakiniku (carne y verduritas a la parrilla, al estilo coreano), aunque también tienen sushi, sopas, ensaladas y postres. El precio es increíble, así que, aunque estamos bastante llenos del frapuccino de té verde, con su natita por encima, nos apetece probar el yakiniku, y más habiendo buffet libre! Así que sin pensárnoslo dos veces (o quizás una o dos sí nos lo pensamos :P) entramos a cenar. Y, sinceramente, nos ponemos las botas de carne, repollo, setas, cebolla, maíz… todo hecho a la parrilla con su salsita especial. También comemos sushi, aunque menos, y acabamos la comilona con heladitos de té verde… ¡ñam!

Llegamos al hotel con el tiempo justo para tumbarnos un ratín (poco) y prepararnos para ir al onsen privado de esta noche. A las 22h, vamos al onsen, todo de maderita y semi-abierto (está como en una terraza, para que nos entendáis). Una maravilla. Eso sí, entre que el agua está calentísima y que nosotros tenemos la piel achicharrada, nos cuesta un poco entrar, y tenemos que poner un poco de agua fría, que además, sólo estaba saliendo agua caliente! ^_^. Pero lo disfrutamos igualmente, porque es una maravilla: muy relajante.Aquí podéis ver esta maravilla de onsen privado:

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Como la noche anterior, cuando ya estamos arrugados y rojitos, nos ponemos los yukatas, devolvemos la llave del onsen y al futon a dormir… que mañana dejamos Beppu y nos vamos a Kagoshima, ¡qué ganas!

Próximo capítulo: Kagoshima con Yuko y su madre Midori

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