De luna de miel por todo el mundo I: EEUU


Sí, señores y señoras, ya estamos de vuelta. Después de 16 días de vacaciones y un viaje de vuelta de horas y más horas y más horas de avión, hemos vuelto a Madrid cansados, pero muy muy contentos. Ahí va la crónica de nuestro viaje, esperamos no daros mucho la lata:

Jueves 8 de septiembre
MADRID-PARÍS-SAN FRANCISCO


Más chulos que un ocho (si es que Luis le pega a Lau la “chulería madrileña”), la noche anterior a salir empalmamos y directamente no dormimos. ¿Para qué? Si el taxi viene a buscarnos pasadas las 4h de la mañana, jejeje. En fin, llegamos al aeropuerto en un plis (claro, a esas horas no está ni el Tato por la carretera) y facturamos sin mayor problema. El vuelo de Madrid a Paris es cortito y pasa rápido, aunque salimos un poquito tarde y eso naturalmente afecta a nuestra conexión París-San Francisco, ya que sólo teníamos una hora para la conexión y llegamos con únicamente media horita de antelación. Corriendo por las terminales del Charles de Gaulle como locos conseguimos llegar a tiempo para embarcar, todo sudados y cansados. ¡Genial, como no nos quedan horas de viaje ni nada!
El avioncito, eso sí, está muy bien, con sus pantallitas individuales, su trivial, su ahorcado y sus mil películas (Luis creo que se las vio todas, jajajaja).

Al mediodía (hora local de San Paco, naturalmente), llegamos a San Francisco, primera parada de nuestro viaje. Pasamos el tan temido control de inmigración (te cogen las huellas dactilares de ambas manos y te hacen una foto y todo…bestial) y ahí nos encontramos con la primera sorpresita que nos depararía Air France en este viaje: nuestras maletas no habían conseguido hacer la conexión en París, así que llegarían en día siguiente. Genial. Lo peor es que el nombre de Luis sí fue mencionado por la megafonía, y había un expediente a su nombre, pero de la maleta de Laura no se sabía nada, ni había expediente, aunque un hombre añade el identificador de la maleta de Laura al expediente de la de Luis, pero se nos queda una sensación rara. En fin, nos lo tomamos a cachondeo y con el súper necesercito de Air France bajo el brazo nos vamos a la estación del BART, el tren que conecta el aeropuerto con la zona de la bahía de San Francisco y que tiene parada muy cerquita de nuestro hotel. Y no veáis qué risas en la estación del BART, primera demostración de que los “americanos” como ellos se denominan (estadounidenses queda mucho mejor, gracias) son complicados hasta la muerte. No hay taquilla (o más bien sí la hay, pero los que están dentro pasan de venderte billetes, que para eso hay máquinas), sólo máquinas expendedoras así que vamos confiados, seguro que no habrá problemas, pensamos. Yeah, right. Vemos en una lista los nombres de todas las estaciones y los precios asociados. Miramos el precio de nuestra parada, vale, ya tenemos esa información: $4,95. Metemos un billete de $20, que obviamente es lo más pequeño que tenemos de un fajo grueso grueso de billetes iguales (mismo color, mismo tamaño… sólo cambia la cara del señor presidente… muy cómodo no es que sea, señores americanos, ¿no han pensado ustedes en cambiarlos?) y nos salen las siguientes opciones en la pantalla:

  1. Imprimir un billete de valor $20.
  2. Restar 5 centavos al valor $20.
  3. Sumar 5 centavos al valor $20.

Excuse meeeeeeeeeeee? Luego vemos que la máquina tiene cambio máximo de $5, creemos recordar, así que nos vamos a preguntar al hombre que está en la caseta que, supuestamente, es la taquilla. Mucho caso no nos hace, la verdad, y nos manda a las máquinas otra vez. Tiene que haber una manera, pensamos… hasta que finalmente vemos una máquina dispensadora de cambio. Cambiamos el pesado billete de $20 en cuatro de $5 y ale, para la máquina otra vez. Ponemos $5, le quitamos 5 centavos y ale, billete impreso. ¡Qué complicados! Con tanta tontería perdemos un tren, pero enseguida viene otro y ale, hacia San Francisco. En media horita llegamos a nuestra parada, Market St/Powell St y enseguida nos damos cuenta de que estamos en el centro de San Francisco: justo delante de nuestros ojos gira, todavía manualmente, un antiguo tranvía (un cable car, vaya, porque no lleva electricidad de ningún tipo, sino que se engancha a un cable que va bajo la calle y que está constantemente en movimiento). ¡Genial! Damos dos pasos por Powell St, que es la calle por la que sube uno de los tranvías y nos encontramos con nuestro hotel, Union Square. Subimos a la habitación, nos damos una duchita y nos ponemos las pilas para pasar la tarde visitando SF. Tenemos ahí un pequeño problemilla con llave (básicamente, que no cierra la puerta :P), pero al final conseguimos arreglarlo, y es entonces, tras contarle toda la historia de la llave en inglés al tío de recepción, cuando nos damos cuenta de que el tío era latino, porque llama por teléfono a uno de mantenimiento y le habla en español. Flipamos, claro.

Bajamos hasta Market St/Powell St para ver otra vez cómo gira el tranvía, empujado por tres operarios que lo giran hasta colocarlo mirando de frente a la vía contraria, y luego nos animamos a “seguir” la ruta del tranvía y empezamos a subir la calle Powell St. Y venga subidas y bajadas… y más subidas y bajadas. Aquí tenéis uno de los tranvías, girando con la fuerza bruta de los empleados:

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Nuestra primera impresión de SF: es como estar en una película. Las escaleras de emergencia por las fachadas, los coches de policía, los colgados que ves por las calles, los semáforos con la manita que indica que no puedes pasar… todo resulta “familiar” después de haberlo visto en mil películas. Seguimos paseando entre las cuestas de SF y nos encontramos con algo sorprendente, que en SF no deja de ser normal, claro: los aparcamientos en cuesta. ¡Qué pasada! A nosotros nos daría miedo dejar el coche en pendiente horizontal… Para muestra, un botón (y no nos digáis que no os daría miedo dejar el coche ahí…):

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Y también nos topamos con una calle hecha de escaleritas, naturalmente, porque la pendiente es demasiado brutal para hacerla tal cual, lisa (Vallejo Steps, se llamaba, creo). Se las ingenian todas para superar las pendientes… que si escaleras, que si calles en curvas como la de Lombard St (ya os hablaremos de ella, ya…).

Bueno, paseando que es gerundio nos damos cuenta de que hemos recorrido más de medio mapa dirección al mar, así que decidimos machacarnos un poquito más y llegar a la zona de Fisherman’s Wharf, un entresijo de restaurantes, bares, hoteles y tiendas al lado del mar. Nuestra Lonely Planet nos dice que cerca tenemos el bar restaurante Buena Vista, conocido por ser el primero en introducir el café irlandés en todo los Estados Unidos. Ale, pues, leído y hecho. Vamos y nos tomamos un café irlandés para recuperar fuerzas, que la verdad es que está muy rico, y algo de energía nos da, aunque con el cansancio del viaje y del paseo, ya empezamos a dar señales de agotamiento.

De vuelta, cogemos un tranvía hacia Powell St (cómo molan las “caídas libres” del tranvía, por cierto, en las cuestas abajo) y en Market St entramos en una hamburguesería y cenamos algo; bueno, Luis no puede decir que “cenó algo”, ya que se metió en el cuerpo una hamburguesa de 1 libra!!!!!!!! Casi medio kilo de carne!!!!!! Y toda la bebida que quieras, claro :P Lo nunca visto, increíble. Cansados, pero contentos con la primera tarde pasada en SF, volvemos al hotel a dormir.

Viernes 09 de septiembre
SAN FRANCISCO

Para desayunar, vamos al Lori’s Diner, una especie de Vips pero a la americana, todo decorado a los años 50 y con unos desayunos no aptos para cardiacos. Y naturalmente, como nosotros no somos cardiacos y sabemos que nos espera un día completo como turistas, peaaacho desayuno que nos metemos entre pecho y espalda: zumo de naranja, dos huevos revueltos, dos tortitas bien gordas, patatas, beicon y salchichas. Y Luis disfrutando de lo lindo con el típico “refill” de café que hemos visto tantas veces en las películas: viene la chatina y te va poniendo café siempre que se termina. Y otro tópico: la cuenta tenía una sonrisita y venía firmada por la camarera con la frase “no gratuity included”, es decir, que no incluía la propina y por ello lo había firmado y garabateado, etc… a soltar la pasta.

Como buenos turistas que somos, cogemos un pase diario de transporte y nos animamos a coger un trolebús (muchos autobuses modernos allí funcionan por electricidad) hasta Alamo Square, donde queremos ver la fila de casas victorianas conocidas como las “Painted Ladies”. Por cierto, ya que hablamos del transporte público, curiosidades del autobús: para solicitar parada tienes que tirar de una cuerdecilla que pasa horizontal por todo el autobús (las instrucciones para solicitar parada, además, están también en español, aunque dicen “jalee el cordón para pedir parada”… Un español muy latinoamericano, desde luego!), para bajarte del autobús tienes que bajar un escalón para que se abran las puertas y curiosa también la pegatina de “prohibido comer, beber, música”, sobre todo cuando se suben dos colgados colgadísimos (que ni pagaron billete), él con los dientes frontales metálicos, con las típicas pintas de hiphoperos, y con un lorazo impresionante (de esos de los años 80, por lo menos) con la música a tope, se sientan al final del trolebús y ale, música hip hop a tope pastilla. Suerte que está prohibido, jejejeje. Vamos, que como en las pelis (de hecho nos preguntábamos si el Ayuntamiento no pagaría a sus ciudadanos para que actuaran de forma que los turistas nos sintamos como en una peli…)

En fin, después de flipar con los colgados y su música, descubrir cómo solicitar parada y cómo bajarnos del trolebús, nos bajamos en la parada exacta, Alamo Square. Desde ahí, disfrutamos de la vista: 5 casas victorianas, todas de colores diferentes, con el downtown (el centro) al fondo. Muy bonito, sí señor. Y para que las veáis vosotros también, aquí las tenéis:

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Muy bonito, aunque los alrededores también eran dignos de ver, con casas victorianas muy bonitas, también. Animados con nuestro multipase, cogemos otro trolebús hasta una de las esquinas del Golden Gate Park. El parque, además de enorme, es precioso. Con muchas flores, muchos árboles, muchos caminitos… Aunque lo cierto es que fuimos con un objetivo muy claro: visitar el Japanese Tea Garden y tomarnos ahí el típico té verde con las también típicas galletas de la suerte chinas (que parece ser se crearon ahí, ¡toma ya!). El jardín japonés, con sus cascaditas, sus puentes, sus pagodas y sus puertas es una preciosidad y está muy bien cuidado, muy recomendable. De hecho, si te abstraes un poco de que estás en los USA y en San Francisco, casi parece estar en un cachito de Japón. Y el tecito y las galletitas es una buena excusa para sentarse a descansar y regalarse el paisaje. Por cierto, el papelito dentro de la galleta de la suerte de Luis y de Lau decía exactamente lo mismo: que los negocios nos irían bien. Jejejeje… Aquí tenéis a Luis en pleno jardín japonés. ¿A que si no os decimos que son los Estados Unidos, diríais que es Japón?

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Después de pasear y pasear por el parque (y ver, de casualidad, una mini pagoda china), cogimos otro autobús hasta la zona noroeste cocida como Lands End, un parque con museo y campo de golf (municipal!!!!) que da al mar, para ver unas hermosas vistas del puente Golden Gate. ¡Y vaya vistas! Precioso, precioso. La única pena es que el día está un poco nublado, y el puente no se ve en todo su esplendor, ya que hay incluso nubes que cubren la parta más alta de los dos pilares principales. Aquí una foto de la vista del Golden Gate desde el Lands End:

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Animados, andamos por la calle El Camino del Mar (tal cual el nombre, no es una traducción!), llena de casas increíblemente bonitas (y suponemos que caras y pijas) que consiguen que se nos caiga la baba de la envidia. Bueno, habíamos tenido mucha suerte con todos los autobuses y trolebuses que habíamos cogido, sin equivocarnos ni una sola vez… pero la suerte cambia. Desde Lands End, cogemos no uno, no… sino dos autobuses y a cual peor. Al final, a la tercera va la vencida, el trolebús número 30 nos recoge cerca de la zona y nos deja al lado del hotel. Ahí nos espera la segunda sorpresita de Air France: sólo ha llegado una maleta, la de Luis. Y como ya eran las 18h de la costa oeste y la oficina de Air France sigue el horario de la costa este, pues está en Florida, pues nada, está cerrado y no atiende nadie, así que hasta mañana nada de nada. Putadón. Pasar un día sin maleta es duro… pasar dos puede ser insoportable.

Para animar a Lau, que se ha pillado un disgusto del copón, decidimos dar un paseo antes de la cena para ver qué restaurantes encontramos… y finalmente entramos en un japonés que tiene un menú nocturno la mar de apetecible: nos comemos un bol enorme de ramen y un katsudon por un precio muy mínimo ($9.95 por persona). ¡Genial! En realidad, los menús para cena estaban todos por este precio y consistían en un donburi (de tamaño normalito) más un bol de ramen, udon o soba (de tamaño king-size, como todo en este país). Y de beber, un litro de cerveza japonesa! El disgusto de la maleta sigue ahí, pero con la panza llena todo se soporta mejor, jejejejeje…

Sábado 10 de septiembre
SAN FRANCISCO

Bueno, empezamos la mañana hablando con las chicas incompetentes del Baggage Service de Air France, total, para nada. La maleta está desaparecida, y ellas sólo ven que la maleta no entregada es la de Luis, y por mucho que Laura les explica la situación y les da toda la información posible, y aunque algo nos dice a los dos que la maleta tiene que estar en SF, ellas no saben no contestan. En fin, Lau se compra algo de ropa para cambiarse (que la camiseta ya andaba sola, casi, ^_^) e intenta olvidarse a ratos del tema. Para ello, nos vamos hacia Chinatown, ya que justo este fin de semana se celebra el Moon Festival, así que Chinatown está todavía más lleno de gente que de costumbre: vemos chicos tocando el tambor taiko, chicas tocando el shamisen chino, otros disfrazados de dragones, puestecitos por todas partes… Un ambientazo del copón, Chinatown en su máximo espendor:

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Y bueno, ya nos conocéis, andando andando por Chinatown llegamos a la Coit Tower, construida en 1934 en la cima del Telegraph Hill, con la forma de una boca de manguera de los bomberos. Para llegar tuvimos que subir por otra calle que, de empinada que era, tenía hasta escaleras. Subimos hasta arriba para ver unas magníficas vistas de la ciudad de San Francisco, con su bahía, sus puentes, sus edificios altos del Financial District, sus pendientes y cuestas… Maravilloso. Para bajar, cambiamos de camino ya que queremos ir hacia el puerto y nos encontramos con una calle que no tiene salida para los coches, porque está a un montón de metros del nivel del mar, y no hay ninguna carretera ahí, sólo unas escaleras empinadísimas que te bajan hasta la calle de al lado, que está varias decenas de metros más abajo… No me extraña que las llamen “Steep stairs” , o sea, empinadas. ^_^. Y como sabíamos que pensaríais que exagerábamos, aquí tenéis la prueba de lo empinadas que eran las jodidas, jejejee:

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Paseando tranquilamente (aunque nos temblaban un poco las piernas después de tanta escalera empinada de bajada de la Coit Tower), llegamos a la zona del Embarcadero y específicamente al Pier 39. Por cierto, que un hombre americano nos paró al ver a Luis con su cámara y estuvo hablando un buen rato con Luis sobre cámaras y demás cosas de fotografía, ya que él tenía otra parecida… Qué gracia. Eso es lo que tienen los americanos (al menos los de la costa oeste), son muy simpáticos y entablan conversación (tanto con turistas como entre ellos) muy fácilmente. El Pier 39 es un muelle moderno, lleno de restaurantes y tiendas… y allí comimos: trocitos de tiburón rebozados y hamburguesa, como no. ^_^. Paseamos por el muelle y finalmente vimos a la colonia de leones marinos que viven, en completa libertad, en el muelle. Por lo que leímos, después de un terremoto en otra parte del continente americano, los leones marinos empezaron a llegar al muelle… y allí se quedaron. Hay un montón, ¡montones de ellos! Y no veáis la escandalera que tenían montada, y lo divertido que era ver lo territoriales que eran con el espacio en las plataformas flotantes en las que descansaban, porque en cuanto uno quería subirse a una de estas plataformas, llegaba uno de los que ya estaba y empezaba como a morderle y a gritarle… Una pasada… Aquí los tenéis:

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Seguimos paseando, como no, y llegamos hasta la calle más famosa de San Francisco: Lombard St. Quizá por el nombre no os suene, pero qué tal si os decimos que es una calle (para coches y peatones) hecha en curvas para superar la pendiente? Seguro que la habéis visto por algún sitio, ya que ha salido en un montón de películas. En fin, la calle es graciosa, muy graciosa, con sus 10 curvas. Parece ser que originalmente la calle era como cualquier otra, recta, pero con una pendiente del 27% era demasiado empinada para los coches, así que en 1922 se construyeron las curvas. Alucinante. Para muestra, un botón, digoooo, una foto:

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Subimos las escaleritas hasta el comienzo de la calle (no nos quedaba ya aliento, pero ya que estábamos, no nos íbamos a quedar sin subir la calle!), para ver la perspectiva desde arriba, y desde ahí cogimos un tranvía de bajada a Fisherman’s Wharf (los de subida a Market/Powell iban demasiado llenos… ¡ni paraban!) y un bus directo al hotel. Descansamos un poco y ale, cargamos con el trípode y la cámara de Luis, cogemos un bus que nos lleva al extremo este del Presidio (un parque enorme delante del puente Golden Gate), en la calle Divisadero, para hacer fotos del Golden Gatede noche. La verdad es que estamos un poco acojonados, porque aunque son sólo las 8h de la tarde, está todo muy oscuro, muerto y silencioso. Pero la sesión de fotos merece la pena:

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Después de la sesión de fotos, cogemos el bus de vuelta y a dormir… ¡qué día!

Domingo 11 de septiembre
SAN FRANCISCO – LAS VEGAS

Hacemos el check out (de una de las maletas, la de Laura sigue perdida… y las chicas que la atienden telefónicamente siguen siendo unas incompetentes, ya que siguen sin darnos una explicación razonable, nos aseguran que la maleta en SF no está, y que han puesto mensajes a París pero que no les contestan, y con “tanta” información, se quedan más anchas que largas… queja decidida a Air France cuando volvamos, está claro) y vamos paseando hacia el Japantown. Vemos allí un pequeño centro comercial lleno de mil y una tiendas y restaurantes japoneses, que son como cualquier otro lugar de Japón…(los restaurantes con sus platos de plástico en el escaparate, una tienda de quimonos, una librería Kinokuniya, etc.) y una pagoda muy moderna, ^_^. Aquí Laura dentro del centro comercial, repleto de restaurantes:

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Antes de comer, Laura habla otra vez con Air France, pero esta vez le atiende un hombre que ha parecido mucho más interesado y competente que las niñas anteriores. No sabía nada, todavía, pero le ha dado muy buen rollo, y que añade, por primera vez, el nombre de Laura al expediente de la maleta de Luis. ¡Aleluyaaaaaaaaaaaa! Comemos en un restaurante japonés, como no, ya que estamos en Japantown y entre todos los restaurantes que hay (miles y miles) nos decidimos por un “floating sushi bar”, un kaitensushi pero en vez de tener una cinta transportadora, los platitos de sushi van encima de pequeños barquitos que avanzan por un canal con agua alrededor del restaurante. Ñaaaaam.

Para volver al hotel, cogemos un autobús y ahí nos encontramos con otra sorpresa by Air France: el buen rollo del que hablábamos no era imaginación nuestra, el chico de Air France había localizado la maleta de Laura… ¡en el aeropuerto de San Francisco! Nuestro primer feeling era acertado: la maleta había estado en las oficinas de Air France en San Francisco desde el viernes… ¡qué vergüenza! Y eso que una de las niñas incompetentes le aseguró a Laura que la maleta, seguro, seguro, seguro no estaba en SF. Yeah, right. En fin, mejor lo dejamos, que todavía escuece cuando lo pensamos. Nos vamos al aeropuerto, recogemos la maleta y seguidamente hacemos el check in para Las Vegas. Maletas abiertas (ni candados ni ostias, y anda que no molesta pensar que la van a abrir sin que tú estés presente… como jode eso) y un sello SSSS en la tarjeta de embarque que no sabíamos qué significaba (aunque después, nos hicimos unos expertos).

El sello SSSS significa “secondary screening” y básicamente es una inspección secundaria de seguridad. Y qué curioso que nos lo marcaran al hacer el check in… y qué curioso que no hubiera ningún americano en el SSSS, sólo extranjeros. En fin, aparte de pasar el equipaje de mano por la máquina, como siempre, nos hacen pasar a los dos por una máquina que te suelta unos soplos de aire que al parecer detecta si llevas algún virus o algo así (Medical Investigation total) y después nos invitan a sentarnos y un hombre se dispone a abrir nuestro equipaje de mano, sacarlo absolutamente todo e ir pasando un algodocillo por los enseres que después ponía dentro de una maquinilla que lo analizaba (CSI total). Eso sí, todos muy amables y nada prepotentes. Algo es algo (aunque Luis se puso cardiaco cuando abrieron la mochila de fotografía y empezó a sacar la cámara, los objetivos, el flash, etc.). Media hora después, nos dejan “libres” y embarcamos a Las Vegas.

Cuando llegamos al aeropuerto de Las Vegas nos damos cuenta de que esto es otro mundo: ¡hay máquinas tragaperras hasta en las salas de recogida de equipaje! (y gente jugando, claro!) Y luces, y música, y mucho ruido. We are in Vegas! Cogemos un shuttle bus hasta nuestro hotel, el Luxor, que quizá hayáis visto en las vistas generales de CSI Las Vegas: es una pirámide con una esfinge enorme, y un foco de xenon en la punta que es la luz más potente del mundo, y más de 4400 habitaciones. ¡Toma ya! Flipamos al entrar en el hotel, hay un montón de ventanillas para hacer el check in y por dentro la pirámide es como una colmena, increíble. Finalmente hacemos el check in y tenemos la alegría de tener que tomar un “inclinator” para llegar a ella: es como un ascensor (en inglés, “elevator”) pero como va inclinado siguiendo la arista de la pirámide, lo llaman “inclinator”. Y se nota, se nota que vas inclinado… mola. Y la habitación también mola, con las ventanas inclinadas también, siguiendo la línea de la pirámide, jejejeje. Bajamos al casino y jugamos un par de “quarters” (25 centavos) cada uno en unas tragaperras, para hacer la tontería, vaya ^_^ (y es que no volvimos a jugar más!). Aquí tenéis a Lau, probando suerte:

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Flipamos, eso sí, con el casino: cuántas máquinas, cuántas mesas… sí hasta hay máquinas tragaperras en la barra del bar! Hay que ser friki… En fin, para cenar nos decidimos por uno de los restaurantes del hotel, el Steakhouse. Caro carísimo es poco (60 euros por un vino del Napa Valley!), pero comimos de lujo. Y es que teníamos algo que celebrar: teníamos la maleta de Laura y estábamos de luna de miel, así que… nos dimos ese pequeño lujo.

Lunes 12 de septiembre
GRAND CANYON – LAS VEGAS

A las 7h de la mañana nos pasan a buscar para empezar nuestra excursión al Gran Cañón. Un bus nos lleva hasta un hangar del aeropuerto de Las Vegas y allí cogemos una avioneta de Scenic Airlines. Sí, sí… avion-eta… qué pequeñaaaaa! (20 plazas en total!)En fin, cogemos la avioneta y sobrevolamos Las Vegas en dirección al (mini) aeropuerto del Gran Cañón. Las vistas, impresionantes… y los golpes de viento, también… cómo se movía el trasto! Jajajaja. ¡Eso sí que es viajar en avión! Sientes cómo se mueve el aparato con cada carícia del viento… y como estás mucho más cerca del suelo que en un avión de los “normales”, lo sientes de otra forma. En fin, toda una experiencia.

Llegamos al aeropuerto del Gran Cañón alucinados ya con las vistas que hemos visto desde la avioneta y allí nos espera un helicóptero. Laura tiene suerte y la sientan delante, al lado del piloto, porque de los cuatro que vamos es la que pesa menos. El helicóptero nos baja, haciendo una vueltecita, hasta el río Colorado, por en medio del cañón. ¡Qué pasada! Bajamos del helicóptero y nos sentimos como hormiguitas dentro del cañón, un espectáculo increíble. Allí, cogemos una barquita que nos daría un paseo por el río Colorado y nos contarían algunas cosas interesantes de la flora y la fauna del lugar, así cómo de los orígenes geológicos de la zona. Aquí tenéis una vista general del Gran Cañón (por cierto, las fotos no le hacen justícia… ¡ese sitio impresionaba muchísimo!):

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Después de la barca, nos subimos otra vez al helicóptero y volvemos al aeropuerto del Gran Cañón. Ahí, nos espera un autobús que nos lleva al museo indio del Gran Cañón. Por si no lo sabíais, el Gran Cañón forma parte de una reserva india, así que los propietarios son los propios indios. Por ello, ahora están trabajando en un museo (está casi acabado, pero todavía faltan algunos detalles) y en una zona para ver el Gran Cañón que sobresaldrá de las paredes del mismo y que tendrá el suelo transparente, a 1300 metros de altura!!!! (abstenerse los que tienen vértigo, que lo abren a finales de este año!). En el museo, pudimos ver diferentes construcciones indias tradicionales, como los típicos “tipi” que increíblemente, a pesar de salir en todas las películas de indios, son una de las construcciones menos frecuentes. Ay, el cine… A continuación, disfrutamos de una comida en pleno Gran Cañón. ¡Qué vistas! Increíble… Eso sí que es un lujo, poder comer rodeado de esa maravilla de la naturaleza. Mirad, mirad:

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Y al acabar y pasear y escalar un poco por la zona, volvimos al aeropuerto a coger la avioneta y de vuelta a Las Vegas. Cansadísimos, pero muy contentos, porque la excursión desde luego mereció la pena. ¡Fantástica!

Después de descansar un poco en nuestro súper hotel de Las Vegas, decidimos coger el monorraíl hasta el Hotel Hilton, donde se encuentra el Star Trek – The Experience. Sí, sí, señores… el Hotel Hilton tiene una zona enoooorme dedicada a las series de Star Trek (para más info http://www.startrekexp.com). Y naturalmente, para un trekkie como Luis, eso era visita obligada en Las Vegas. En Madrid, en uno de los contenidos extras de la primera temporada de la serie trekkie Voyager, ya habíamos visto de qué se trataba todo el montaje, y tenía buena pinta… Además del bar de Quark (un ferengi que tenía su propio bar/restaurante en el Deep Space 9 y que está montado tal cual aquí), hay tiendas con todo tipo de merchandising (¡hasta cervezas romulanas!), trabajadores disfrazados (vimos a un ferengi y a una klingon que tenía muy buen culete, según Luis, y con la que se hizo una foto, para despedirse luego con un “Qapla!”, ^_^) y una copia a tamaño real del puente de la Enterprise, que se puede visitar (pasando por caja, naturalmente) y que forma parte de una atracción de simulación y realidad virtual. Nosotros, decidimos dejar la visita de la atracción para otro momento y dedicarnos a las tiendas y a descansar y tomar algo en el bar de Quark. Aquí tenéis a Luis con la klingon:

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Después de comprar llaveros, insignias, camisetas y la súper famosa cerveza romulana, nos sentamos en la barra del bar de Quark y nos tomamos un cóctel Warp Core Breach (¡salía humo del jodío, que encima era verde! ¡Qué divertido!) y para picar unos Holy Rings of Betazed (aritos de cebolla, vaya, pero qué presentación). Allí, Luis entabló conversación con dos friqui-trekkies más: una chica canadiense que había venido a celebrar su mayoría de edad (21 cumpleaños) en Las Vegas y era la friki más friki de todas las frikis habidas y por haber (pero muy simpática y maja, la chica, todo hay que decirlo) y un hombre mayor y algo pedante que se empeñó a invitarnos a todos a otro cóctel más (sí, también salía humo de este, pero el líquido ya no era verde, sino azul :P), el James Tea Kirk . Y ale, imaginad a tres friki-trekkies hablando de Star Trek (¿cuál es la serie que te gusta más? ¿Y la que menos?) en el bar de Quark tomando cócteles que parecían de otra galaxia. Muy divertido. Aunque hay que decir que la conversación pronto cambió de tema, y acabó versando sobre turismo, idiomas, política, etc. Aquí tenéis a Luis (aunque se ven detrás los dos friki-trekkies) tomando uno de los cócteles en el bar de Quark:

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Un poco borrachillos (no sólo tenía humo el cóctel, iba cargadito… ) andamos hasta el hotel y casino Sahara y desde ahí cogemos un bus que nos llevará al “downtown” de Las Vegas, donde se encuentra una de las calles más conocidas de los Estados Unidos: Fremont St. ¿Y por qué es conocida esta calle? Conocida como “Fremont Street Experience”, la calle esta cubierta por más de dos millones de bombillitas y unos 540.000 vatios de sonido. Por la noche, se apagan todas las luces de los casinos de alrededor y empieza un espectáculo de luz y color que cubre toda la calle. ¡Fantástico!

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De vuelta al hotel, damos un pequeño paseo por el Strip (la calle donde están todos los hoteles-casino) de noche (luces y más luces y más luces y más luces) y a dormir.Aquí tenéis una vista muy general:

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Martes 13 de septiembre
LAS VEGAS – LOS ANGELES

Después de hacer el check out, decidimos aprovechar que tenemos entradas gratis para ver uno de los highlights de nuestro hotel, el Luxor: la réplica de la tumba de Tutankamon. A continuación, decidimos andar por todo el Strip, viendo los diferentes hoteles y casinos temáticos. Empezamos por el final, el Mandalay Bay y seguimos por el Excalibur (al estilo medieval, tiene un castillo que se parece al de la Disney), el New York New York (que tiene la misma forma que el skyline neoyorquino, y hasta un montaña rusa), el Bellagio (conocidisimo por salir en la peli del Clooney Ocean’s Eleven) y de lo más pijo que hay, el Caesar’s Palace (estilo romano a tope, super famoso por sus combates de boxeo), el Mirage (donde tienen a unos leoncillos como parte de la decoración… ¡vivos!), el Venetian (estilo veneciano total, ¡hasta hay gondoleros y una replica de parte de la Plaza de San Marcos!), etc. En fin, que el Strip es otro mundo, una pasada… ¡parece un parque temático!

Por la tarde, recogemos las maletas y nos vamos al aeropuerto, aunque con un sabor agridulce: no hemos visto a Grissom :D …¡a Los Angeles que nos vamos! En el aeropuerto, de nuevo, nos hacen otra vez el “secondary screening”. Entre unas cosas y otras, llegamos por la noche al Beverly Hilton, en pleno barrio de Beverly Hills, pero decidimos quedarnos en la habitación y aprovechar sus lujos (pantalla de plasma de46 pulgadas, entre otras cosas) y así descansar un poco.

Miércoles 14 de septiembre
LOS ANGELES

¡Estamos en Beverly Hills! Andamos un poco por Santa Monica Boulevard hasta encontrar una cafetería donde desayunar (el Starbucks estaba a tope de gente… ¡había hasta cola en la calle!) y parece que tenemos buen gusto porque en la misma cafetería, de estilo francés y con todos los productos orgánicos, ¿sabéis a quién nos encontramos? A la actriz Jamie Lee Curtis. ¡Wow, that’s LA! Seguimos andando por Santa Monica Blvd y llegamos a la famosísima calle de Rodeo Drive, toda llena de tiendas súper mega pijas de la muerte. Aquí una fotito:

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Desde allí, cogemos un autobús (llamado Metro Express, que para menos que los normales y por tanto va más rápido y luego el metro hasta llegar a Hollywood Boulevard, desde donde vemos el típico cartel de Hollywood (¡cuántas veces lo habremos visto por la tele!). Vemos el Mann’s Chinese Theatre y las manos de actores y actrices famosos en el suelo y damos una vuelta por el Walk of Fame, con miles y miles de estrellitas en el suelo con los nombres de personajes famosos. Aquí tenéis a Luis, delante del Teatro Mann’s, con las firmas de los actores y actrices de la serie original de Star Trek (¡como no!):

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Después de esta vueltecita por Hollywood, cogemos un bus y vamos a los cercanos Paramount Studios (los únicos que quedan todavía en Hollywood), que es donde se rodaban, precisamente, las series de Star Trek. No tenemos tiempo para una visita guiada como dios manda, así que simplemente echamos un vistacillo y ya.

Decidimos ir a comer por la playa de Santa Monica, ya que así además vemos esa zona que también tantas veces hemos visto en películas, así que cogemos un bus y casi una hora más tarde (¡tarda añooooos en bajar por Santa Monica Blvd, lentísimo, pero claro, este no era express) llegamos al 3rd Street Promenade, una calle cortada el tráfico y llena de restaurantes y tiendas. Ahí comemos y después damos un paseo por la zona de Santa Monica, para ver la playa (¡y las típicas casetas de los vigilantes de la playa!) y los miles y miles y miles de homeless que habitan por la zona… más que el “sueño americano” nos dio la impresión de la “pesadilla americana”. Aprovechando que hacía un día bonito, damos un paseo por el muelle de Santa Monica, con algunas tiendecitas, atracciones y pescadores… pero poco más que ver, la verdad, y además, el agua tenía un color marroncillo bastante feote, sinceramente. Creo que Luis esperaba captar en su cámara a alguna vigilante de la playa, pero no hubo suerte, ^_^:

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A pesar de que nos da miedo pasarnos media vida en el transporte público de LA, decidimos coger un bus e irnos al llamado “downtown” (en inglés americano, el “centro de la ciudad”) que es donde se encuentra la estación de Union Station y un parque histórico llamado El Pueblo de Los Angeles, que es el lugar en el que se originó lo que hoy en día es la mastodóntica Los Angeles. Después de casi dos horas chupando autobús como unos tontos (¡odiamos LA!), llegamos a la famosa Union Station, que data de 1939 y parece de estilo colonial. El Pueblo de Los Angeles es un parque histórico que conmemora la fundación de la ciudad y preserva muchos edificios antiguos de la época. Damos un paseo por Olivera St, lleno de tiendecitas mexicanas y poco más, la verdad. Un poco decepcionados, volvemos a Bevery Hills para hacernos la típica foto con el famoso cartelito de la zona. Y para demostrar que estuvimos buscando a Brandon y Brenda de «Sensación de vivir» (¡estábamos en el mismo código postal! 90210), aquí tenéis una foto:

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Y ale, volvemos al hotel (que estaba al lado del famoso cartelito de Beverly Hills), cogemos un taxi y nos vamos al aeropuerto, que a las 00:30 horas sale nuestro avión .Destino: la Polinesia Francesa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Continuará…
Lau y Luis

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