Lunes 6 de agosto de 2012

El día empieza ajetreadito, ya que cogemos nuestros bártulos y paramos en recepción para mandar, desde ahí, nuestras dos maletas grandes por takyubin hasta Sendai (que sería nuestra próxima parada, al día siguiente). Hicimos el check-out (que en los hoteles japoneses es básicamente dejar la llave, ya que pagas al hacer el check-in) y nos fuimos hacia la estación de Kitakami, por última vez, a coger un shinkansen hasta Akita. El viaje hasta Akita fue placentero. Vale que el tren iba petadísimo y que es más estrecho que el resto de shinkansen y además hacía algo de calor, pero las vistas eran maravillosas. La naturaleza de Tohoku es sobrecogedora, aunque me sé de dos que casi no vieron nada… ¡porque se quedaron fritos!

Se están quedando groguis... (y son igualitos)

Eric en proceso de quedarse dormido… ¡son iguales!

¿Y por qué fuimos a Akita, os preguntaréis? Pues básicamente para ver el último día del Kanto Matsuri, una celebración de tanabata en la que los participantes levantan mástiles de bambú con decenas de farolillos colgados y los mantienen en equilibro con la palma de la mano, la cadera, la frente o la boca. Una locura, vamos. Pero si os sigo que estos mástiles de bambú llegan a medir 12 metros y a pesar 50kg (algunos con más de 40 farolillos encendidos con fuego de verdad), ¿cómo os quedáis?

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En la estación ya se respira el Kanto Matsuri.

Y es que, de hecho, el Kanto Matsuri es uno de los “tres grandes” festivales de Tohoku (junto con el Nebuta Matsuri de Aomori y el Tanabata Matsuri de Sendai)… Y después de haberlo visto, ¡no me extraña! Pero no avancemos acontecimientos… Al llegar a Akita ya vemos mástiles como los del festival y alucinamos, realmente va a ser espectacular, pensamos.

Pasamos por información turística y por la ventanilla de venta de billetes a reservar el shinkansen para el día siguiente y nos vamos tranquilamente hasta el hotel, a hacer el check-in aunque sabemos que hasta las 15h no podremos entrar en la habitación. Dejamos los bártulos y preguntamos por la tienda de fotografía más cercana, porque Luis necesita urgentemente un lector de tarjetas para poder pasar rápidamente las fotos de su cámara a mi ordenador y para allá que nos vamos. La tienda es pequeñita, típica de barrio, y nos dicen que no tienen pero que nos lo piden a otra tienda y que en dos horas lo tienen ahí… ¡perfecto! Así que damos una pequeña vuelta por la zona de la estación y nos vamos a comer a un “family restaurant“.

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¡A comer!

Después de comer, decidimos dar un paseo por Akita, pero cae una tormenta de estas de verano que hace que veamos poca cosa y acabemos refugiándonos en un Starbucks, donde Eric aprovecha para probar el matcha latte de Luis. Parece mentira que ese sabor le guste, cuando no lo ha probado nunca, pero a veces para que Eric es más japonés que los japoneses.

Eric probando el matcha latte

Eric probando el matcha latte. ¡Le gustó!

Y en el Starbucks Eric estuvo feliz, porque ahí hay dos chicas adolescentes que no paran de decirle choo kawaii (qué mono) y que acaban jugando un rato con él. La intención era ver una demostración de lo que veríamos por la noche, pero por la lluvia se cancela así que nos quedamos sin verlo…

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Con la excusa del autobús, Eric ligando…

Al salir del Starbucks, damos otra vueltecita, recogemos el lector de tarjetas (¡yay!) y nos vamos al hotel, donde ya podemos hacer check-in y subir a la habitación. Decidimos descansar un rato y aprovechar para ir al onsen y rotemburo del que dispone, para sus huéspedes, el hotel… ¡qué pasada!

Qué bien sienta un buen baño en el onsen, la verdad. Como siempre, yo acabo hablando con una viejecita muy interesada en nuestro viaje mientras que Eric y Luis también disfrutan del baño caliente de las aguas termales japonesas. De hecho, la duda era si a Eric le iba a gustar, porque el agua está muy caliente. El problema no fue ése, el problema fue sacarle, ya que se puso a llorar desconsoladamente avergonzando a Luis en el vestuario de hombres :). El onsen es una delicia, sinceramente.

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Preparado para el Kanto Matsuri.

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Yo soy Eric, ¿y tú?

Después del baño estamos súper relajados y con energía para volver a pisar la calle, así que nos vamos hacia el parque Senshu, que está justo enfrente del hotel, y donde se encuentras las ruinas del castillo de la familia Satake.

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Parque Senshu. Eric ya va vestido de festivalero :)

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Lago del parque Senshu.

Desde ahí damos un paseo por la zona hasta la avenida Chuo  donde se celebrará el festival, así que decidimos coger posiciones y sentarnos en el suelo a esperar hasta que… empieza a llover. Primero son cuatro gotas y después el diluvio universal, seguido de otro diluvio universal.

Luis corre a un konbini a comprar un paraguas (y tiene la misma idea que varios cientos más de japoneses que se agolpan tras las cajas registradoras acumulando paraguas) mientras yo hago lo posible para que Eric no se moje demasiado (dormía en la manduca, en mi espalda). Una señora que estaba a mi lado me ayuda a taparle con una toalla, otra intenta cubrirle con su paraguas… en fin, una historia ^^

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Preparados, antes del chaparrón (Eric a punto de dormirse)

Justo cuando llegó Luis con el paraguas estaba yo a punto de irme, porque realmente empezaba a caer una gorda. Por suerte pudo comprar un paraguas y allí nos quedamos, de pie, los tres debajo del paraguas, a esperar que pasara la tormenta… Temíamos que cancelaran el festival, pero no. En cuanto se disiparon las nubes y dejó de llover, empezaron a secar y a limpiar los asientos reservados y en un rato, aunque con retraso, dio inicio el Kanto Matsuri.

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Así se quedó Akita después de la tormenta…

Lo bueno del Kanto Matsuri, como pasa en muchos otros festivales japoneses, es que los participantes salen y se van repartiendo por todo el recorrido, de manera que desde el minuto 0 puedes ver cosas sin tener que esperar… ¡eso me encanta!

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El desfile, posicionándose a lo largo de la calle.

Los participantes llevan los 250 (más o menos) mástiles kanto en horizontal y van caldeando el ambiente a ritmo de tambores taiko y flautas, cantando y gritando dokkoisho, dokkoisho.

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No hay matsuri sin música de taiko y flautas.

Y de golpe y porrazo, da inicio el festival y los mástiles kanto se levantan tooooodos a la vez y empieza el baile de equilibrios.

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¡Arriba!

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Los mástiles kanto se alzan por toda la calle.

Y es, sencillamente, alucinante. Ninguna foto ni ningún vídeo puede compararse a lo que uno siente estando allí, viendo decenas de mástiles kanto con decenas de farolillos encendidos por absolutamente toda la calle. La música de taiko y flautas, como en todo festival japonés, además de los gritos de los participantes ponen la piel de gallina.

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Equilibrios con el hombro.

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Equilibrios con la cadera.

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Equilibrios con la palma de la mano.

Esto hay que vivirlo. El Kanto Matsuri hay que vivirlo.

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Unos 250 mástiles kanto se agrupan esa noche…

A medida que se va caldeando el ambiente, los participantes se van animando buscando equilibrios cada vez más imposibles, por ejemplo, bailando con parasoles o añadiendo extensiones al mástil de bambú para hacerlo cada vez más alto y conseguir así que la estructura esté casi horizontal y no vertical… ¡alucinante!

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Poniendo extensiones al mástil de bambú.

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Cada vez más extensiones, ¿hasta dónde llegará?

Y un detalle. A lo largo de la calle, justo encima de la acera o los asientos reservados, me fijé que había un  cable. No sabía muy bien para qué servía (pensé que era de electricidad o algo) hasta que empezó el festival. Es un cable de protección, ya que cuando una estructura se desequilibra y empieza a caerse, podría caer sobre el público, así que el cable está para “frenar” la caída de la estructura y dar opción a los participantes de levantar de nuevo el mástil. De hecho, hacia el final del festival (cuando más arriesgan y más estructuras se caen), una de las estructuras se nos cayó encima… ¡gracias al cable por frenarla! :D

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¡Que se nos cae encima! Suerte del cable…

Y bueno, tendríais que haber visto a Eric… mira que tenía sueñecillo, pero el tío… flipó.

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Eric flipado viendo el Kanto Matsuri.

Disfrutamos un montón. Cuando se acabó, pudimos acercarnos a hacernos una foto y había gente intentando levantar los palos (sin éxito, ^^). ¿Lo más curioso? En pocos minutos no quedaba nada del festival, ni los asientos reservados, casi. Vaya eficiencia japonesa, la verdad. Los puestos de comida también estaban cerrados, así que compramos algo en un Lawson para que Eric cenara y decidimos volver tranquilamente hacia el hotel. Durante el paseo vimos como muchos de los participantes seguían la fiesta en calles paralelas o algo alejadas y después descubrimos por qué, ya que nos encontramos un grupo en una plaza cercana a la estación (detrás del hotel), justo donde se encontraba el centro comercial que los patrocinaba. Ahí Eric hizo buenas migas con las chicas que tocan el taiko (cómo no, qué tío) y vimos hasta qué punto arriesgan para hacer equilibrios con los mástiles añadiendo extensiones sin parar.

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¿Ya estamos ligando, Eric?

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Representación después del festival donde arriesgan muchísimo.

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Y se caen, claro ^^

Al llegar al hotel, pusimos a Eric a dormir, cenamos algo y nos fuimos a dormir también, que al día siguiente nos tocaba ir a Sendai a disfrutar de otro de los tres grandes festivales de Tohoku, el Tanabata Matsuri.

Un beso,

Laura (y Luis y Eric)

pd. Como siempre, podéis ver toooooodas las fotos, aquí.

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